Dos mundos en el mismo párrafo
Cuando aprendes que la contradicción también es hogar
He empezado un nuevo curso de escritura, ¨El gozo de escribir¨. Esta semana hemos tenido la primera videoconferencia, la verdad es que me sorprendió. Mientras esperaba presentaciones individuales y saludos de cada uno, la profesora sin más introducción, nos hizo hacer dos ejercicios. ¡Nervios!
En el primero nos dió cinco minutos para escribir sobre algo que hayamos tenido siendo niños y si todavía lo conservábamos. Un objeto, cualquier cosa que incluso podía ser un juguete y que deseábamos tener. Algo que quiséramos mucho.
Yo pensé en mi chupete.
De verdad lo amaba. Pero no. Mejor no. —Pensé.
Me vino a la mente el librito de mi Primera Comunión, de la cual hacen ya 54 años. Aún lo conservo.
Así que me animé a escribir sobre eso. Me salió un texto bastante largo, aunque debo decir que mi creatividad no es tan buena en esa modalidad de ¨tiempo, a escribir todo el mundo¨. Al final no me gustó para nada lo que había escrito. Tuvimos que compartirlo y para mi sorpresa, gustó mucho. La profesora me comentó los puntos que podía seguir desarrollando y de lo que a ella personalmente le gustaría saber más.
Terminado este ejercicio, el siguiente fue recordar algo, por ejemplo una mascota que nos gustara o no. Yo me quedé de una sola pieza porque nunca tuve una y la verdad que cuando me hablan de mascostas siempre pienso en perros o gatos y no me gustan para nada.
Nos dió la opción de recordar algo a lo que le teníamos fobia. ¡Hm! Le tengo y tenía tanta fobia a las cucarachas que aunque no me gusta lidiar ni siquiera con la palabra, me animé a escribir algo, esta vez durante un minuto.
Al terminar la clase, la profesora nos animó a que uniéramos los dos textos y sacáramos uno. —Ni idea de cómo iba a lograr eso.
Lo intenté y esto es lo que salió:
Mi madre fue una persona extremadamente religiosa; crecí absorbiendo ese fervor con todo mi ser. Y desde muy chiquita tenía la ilusión de poseer un libro de oraciones. Soñaba con que me lo regalaran al hacer mi primera comunión y así fue. Mi madre me lo regaló el día de mi primera comunión hace 54 años. Todavía lo conservo, está igualito. Se llegó a convertir en mi compañía de todas las noches y con él aprendí de memoria la oración del ángel de la guarda que recitaba cada noche y que en un futuro muy lejano repetiría con mis hijos, también cada noche. Cuando me hice mayor, lo guardé en un cajón y lo olvidé completamente al mismo tiempo que dejé de rezar la oración del ángel de la guarda. Unos años después, de muy mayor, lo volví a encontrar. Recuerdo haberlo ojeado y sonreír, casi me burlé de todas las oraciones. Y luego pensé en lo significativo de todo eso en algunos momentos en los que he recordado la devoción de mi madre. Su bondad y fe, que pienso, nos impulsó como familia a salir adelante con buena estrella. Cada vez que lo veo me emociono y se me hace difícil creer que aún después de 54 años todavía lo tenga conmigo, habiendo sido tan olvidado por años. Ahora lo aprecio más que nunca, sobre todo en estos días en que he recurrido a la oración diaria, pues estoy tan lejos de mis hijos que siento que de la única manera en que puedo estar tranquila es pidiendo por su protección cada día y teniendo la fé que siempre vi que tuvo mi madre. Hay tantas cosas de ella que fueron buenas para mí, mas no el pavor que le tenía a las cucarachas. Un miedo que me transmitió, que aprendí desde muy pequeña y que no he podido superar. Una fobia tal que las presiento, las atraigo y me hacen perder completamente la cordura. Como una vez que tenía a mi hijo mayor recién nacido en mis brazos, y se me posó una en mi hombro derecho. No sé cómo mi bebé no salió volando junto con ella, salté de la silla como un resorte sin ni siquiera recordar o estar consciente de que tenía al recién nacido en brazos. Esas son las cosas que también vi a mi madre hacer, cuando la presencia de una cucaracha en su vida era inminente. Hace unos días mi hermano menor me mandó una imágen de un hombre corriendo y detrás de él una cucaracha y decía: puedo salvarte de muchas cosas pero nunca de una cucaracha voladora. Me reí sola. Hay herencias que no tienen cura.
A mí me parece comiquísimo. Y sin embargo, este ejercicio me dejó pensando mucho en mi vida de inmigrante y todas las etapas que he vivido con este cambio monumental de haberme mudado de país. Si en un texto pueden convivir dos cosas tan distintas, el amor y el odio, lo que nos apasiona y lo que aborrecemos, entonces en mi vida de inmigrante también hay espacio para algo parecido.
Me he encontrado a mí misma pensando en cómo tengo tantas cosas que agradecer y al mismo tiempo, he perdido muchas otras. Pienso en la inmensa distancia que tengo de por medio con mi casa, con mis hijos, clientas, familia, amigos, mi ciudad, mi mar Caribe y cómo he aprendido a apreciarlas más que nunca. En las facilidades que tengo aquí, porque aunque no resuena para nada esta cultura, hay cosas que aquí funcionan. Precisamente porque la mentalidad es diferente. En cómo extraño la humedad de mi isla, mientras que aquí es tan seco. Extremadamente, sin embargo me permite salir a caminar a las doce del medio día y se disfruta. Ni pensarlo en Santo Domingo.
He aprendido que vivir en ese tira y jala no es un problema que resolver. Es, simplemente, la textura de esta vida que elegí. Como en ese texto que salió del ejercicio, el libro de oraciones y las cucarachas conviviendo en el mismo párrafo, así conviven en mí el agradecimiento y la nostalgia, la libertad y la distancia. Y curiosamente, juntas, tienen más sentido que separadas.
¡Que tengas una linda semana!
Pili
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