Fealdad, un concepto
Cómo un ejercicio de escritura me obligó a cuestionar uno de mis valores más arraigados
Siempre me han gustado los espacios limpios. La belleza, el orden, la luz. Son cosas que busco casi instintivamente en los espacios donde vivo, donde trabajo y me muevo. Y es que no es un capricho, es que la belleza para mi es un valor. Cuando entro a un sitio descuidado, oscuro o sucio, me estreso.
Por eso me sorprendió tanto lo que descubrí esta semana. Sigo en mi curso de escritura creativa, me ha costado más de lo que esperaba, el síndrome del impostor ha aparecido con fuerza.
Pero bueno, ahí voy aprendiendo. Y esta semana tuvimos que escribir un texto de seiscientas palabras, aplicando la fealdad, como concepto. escribir algo donde el personaje principal no se percata de la fealdad que lo rodea.
¡Qué reto tan importante! Debajo te dejo el relato, y al final te cuento lo que aprendí.
La casa de la Tía Carmela, en el antiguo barrio de San Carlos, en Santo Domingo, era un lugar habitual durante los primeros diez años de Elena. Esta casa no era precisamente bella. Era una casa fea y oscura. Con techo de zinc y piso de tierra. Una vez allí, todo parecía de una suciedad insoportable. Su olor a cuaba quemada, una madera de resina utilizada tradicionalmente en el Caribe para un sin fin de cosas, se quedaba impregnado en el pelo y la ropa de una manera profunda.
En el fondo de la casa había un patio que estaba lleno de maleza, de mucha basura y de un pequeño espacio de tierra donde se podía jugar. Había un árbol centenario de limoncillo, una fruta carnosa, agridulce y jugosa cuya cáscara se rompía con los dientes, una de las frutas favoritas de Elena. Llegar al tronco de éste árbol era una odisea pues, lo que lo rodeaba, era un gran basurero.
Durante su niñez, Elena y su madre visitaban, todos los sábados, la casa para ver a la Tía Carmela. Sin embargo, el patio tenía acceso a través de lo que funcionaba como el espacio que tenía su padre para dibujar, de manera que Elena y su hermanito se la pasaban jugando béisbol en ese patio casi todas las tardes de la semana cuando acompañaban a su padre.
Jugaban a la sombra del árbol, con una tapa plástica de botellón de agua filtrada que fungía como pelota y un bate de plástico, de manera que cuando le daban con el bate, el golpe no fuera tan fuerte pues el espacio no era tan grande. Su padre realmente nunca se percató de cómo lucía el patio, un basurero en todo su esplendor, a él solo le interesaba la tranquilidad, el fresco y el silencio que emanaba de ese sitio contiguo a su oficina y que necesitaba para sus horas de trabajo dibujando.
La mayoría de los amiguitos de Elena, no entendían cómo ella y su hermanito podían pasarse horas jugando bajo la sombra del gran árbol y sentirse tan bien en un espacio tan horrendo, descuidado y apestoso. Para Elena no era así.
La casa de la Tía Carmela, le parecía acogedora. Aún con su piso de tierra, el olor a cuaba y el terrorífico sonido que hacían las planchas de zinc cuando soplaba el viento de Norte a Sur, la hacía sentir en un sitio familiar, seguro y feliz. Nunca pensaba en el basurero y toda la maleza que rodeaba al árbol de limoncillo, una fruta que amaba y sólo podía enfocarse en el deleite que le producía comerla. De ese patio y de ese árbol salían decenas de ramilletes de la fruta que se vendían en todo el vecindario. Los limoncillos del patio de Tía Carmela eran muy famosos.
Las visitas a la Tía Carmela eran especiales para Elena, le encantaba la presencia de esta anciana tan particular. Con su pelo totalmente blanco atado en la nuca con un moño que daba varias vueltas. Viejita y muy encorvada. Le faltaban todos los dientes, pero su voz era una dulce melodía de cariño y amor en los oídos de Elena. La quería profundamente. Su recuerdo siempre estaba en sus pensamientos, el de la tía Carmela, el de su casa oscura, pero acogedora, con piso de tierra, sentada en su mecedora conversando con ella y con su madre. También el recuerdo de un patio lleno de maleza y basura, con una sombra inmensa que proporcionaba el árbol de limoncillo al fondo y el espacio de tierra donde jugaba al fresco felizmente.
Este ha sido un camino o ejercicio literario y no físico, pero el descubrimiento ha sido igual de real.
No solo aprendí que la fealdad es un concepto, lo aprendí escribiéndolo. Escribiendo sobre un patio lleno de basura donde una niña jugaba feliz al béisbol bajo la sombra de un árbol de limoncillo. Y eso ha abierto algo en mi rigidez con la belleza como valor.
Porque quizás siempre habrá algo que se destaque. O simplemente, algo que se sienta bonito.
¡Feliz semana!
Pili
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Me encantó
La fealdad es un concepto relativo. No sólo subjetivo, sino relativo: lo que hoy nos parece feo, mañana puede parecernos hermoso. Lo feo puede ser bello y, aún cuando no lo es o no lo sea, lo bello no podría existir si no existiera la fealdad. :-)