Háblale todos los días
Una historia sobre cuidar lo que amamos
Hace dos años recibí un regalo de mis hijos por el día de las Madres. Una planta de orquídea que me trajeron a la puerta de mi casa. Una casa hermosa, donde hemos vivido mi esposo y yo por tres años.
Mi planta de orquídea se colocó en nuestro sitio favorito de la casa, la sala principal. Y en dos años nos hemos deleitado con esta planta que nos ha regalado flores dos veces en cada año.
Lo que más me gusta es que donde quiera que me encuentre, ya sea en la sala, cocina, comedor o en mi oficina puedo llegar a verla. Es algo que desde un principio añadió mucho a este espacio.
La he disfrutado cada día mientras estoy en la cocina haciendo la comida o fregando los trastos. Me he deleitado viéndola mientras estoy sentada en la mesa del comedor, en la que a veces me siento además de comer para trabajar en la computadora o con mis clientas. Siempre he dicho que le ha gustado este sitio. Los grandes ventanales de la sala permiten que entre la luz perfecta, sobre todo en las tardes cuando el sol se va moviendo hacia el oeste.
En estos momentos en que nos mudamos de país y hemos sacado, primeramente, todo cuanto había en la sala, la orquídea se ha quedado en el centro de lo que ha sido nuestro lugar habitual de tantas mañanas y noches de conversaciones profundas, alguna que otra discusión y de tomar un buen café mirando a través de los ventanales el paisaje que se asoma cada día. Así yace desde hace unos días: sola, rodeada de nada, con sus últimas flores intactas. Nunca las había visto durar tanto.
Se me parte el corazón cuando me doy cuenta de que voy a tener que desprenderme de ella. Me he encontrado a mi misma en los últimos días antes de nuestra partida, pensando en si voy a sustituirla, si me haré de otra planta de orquídea en el nuevo sitio donde viviremos ahora. Quizás mis hijos se animen a regalarme otra. Otra orquídea que sea tan agradecida como esta, que siempre florezca y se mantenga erguida y sana.
Por otro lado, no sé todavía qué haré con ella, a quién se la dejaré. Mi esposo me ha sugerido que se la deje a Becky, mi vecina, la cual la ha disfrutado mucho cada vez que vino a visitarme.
Hoy ha venido Sandra, la chica que nos ha hecho la limpieza de la casa por los tres años que hemos vivido aquí. Resulta que a ella también le encantan las orquídeas. Y de hecho ella me enseñó a regar la mía, tal vez por eso se ha mantenido en perfecto estado todo este tiempo. Cada vez que vino a hacer la limpieza, cada dos semanas, la vi limpiarle las hojas con una toallita húmeda de manera muy delicada. He apreciado mucho poder contar con la experiencia de Sandra no solo en la limpieza de la casa, sino también en el cuidado de mi orquídea. Pienso que algo de ese cuidado está en estas flores que no se rinden.
Ya hemos recogido todo y le he dejado a Sandra una nota: regarla cada diez días y protegerla del sol directo, y al final añadí, casi sin pensarlo, háblale todos los días, le hace bien.
¡Feliz día de las Madres!
Pili
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