Desde que vivo en Kamas estoy sometida casi a diario a un silencio extremo, tanto que durante el verano se puede escuchar perfectamente el sonido de las alas de los colibríes. Ese silencio me mata. A veces quisiera que se armara la de Troya allá afuera, por lo menos para divertirme un poco, para escuchar algo y sentir que todavía estoy viva.
Gracias a Dios que esta mañana ha amanecido tormentoso y, desde el sillón donde me refugio cada mañana a rezar el rosario, leer y a contemplar, he podido ver como el cielo le ha ido dando paso a los nubarrones que han traído consigo un espectáculo magistral de rayos y sus consecuentes estallidos. ¡Qué alegría! Ya no se ven las montañas; se han cubierto de nubes negras, está todo gris. Ahora llueve a cántaros y el sonido de la lluvia me hace sentir, desde mi sillón, cómoda, en paz. Mientras me aferro a la tormenta, pues ella acompaña este momento de soledad, pienso emocionada: algo grande está pasando allá afuera.
Por otra parte, Scott ha llegado de pasear a su perra, Tess, y yo con sentimientos encontrados, preocupada por él, lo veo empapado y, lo escucho decirme: ¡That was fun!
Un día que ha empezado movido, con lluvia, truenos y relámpagos espectaculares que apagan por un rato el silencio constante que me rodea y que pesa tanto. Aunque tampoco me gusta el ruido intenso, a veces extraño la falta de sonidos urbanos, como los de Santo Domingo, el murmullo de la gente que camina por la calle tempranito para ir a sus trabajos, por ejemplo. Eso es muy peculiar, porque nosotros somos muy conversadores.
Y aunque me pese, sobrellevo el silencio y agradezco cuando aparece una tormenta con todos sus sonidos, y pienso: ¡Algo grande está pasando allá afuera! Quizás ese sea el precio de vivir lejos de mi propio ruido: aprender a hacer las paces con el silencio sin dejar de extrañar el bullicio que me formó y disfrutar, mientras tanto, de cada tormenta que interrumpe la quietud.
¡Feliz semana!
Pili
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