Mientras por dentro todo se sentía desbordado, antes de dormir, en mi cuarto de mi casa en Punta Cana, subía las piernas contra la pared. Solo con la tenue luz de la lámpara de mi mesa de noche, dejaba que el peso de las piernas cayera sobre el yeso frío, y me quedaba ahí, quieta, por unos minutos. Recuerdo que solo se escuchaba el ruido del aire acondicionado, que estaba justo arriba en esa pared.
Yves, un amigo de mis tiempos de Robin Sharma, profesor de yoga, me la recomendó, Viparita Karani, piernas arriba en la pared.
—Te va a ayudar, me decía. Y tenía razón.
Durante esos minutos, me relajaba. Sentía que se aflojaba mi respiración, mi mente dejaba de dar tantas vueltas, y la pared cargaba con todo lo que yo ya no podía sostener. Después de soltar, repetía una y otra vez, —¡uff, qué alivio!
En este momento por cómo están ubicadas las paredes de mi cuarto, en Kamas, me cuesta volver al hábito de hacer Viparita Karani. Pienso que también lo he sustituido por el de la lectura. Sin embargo, hay noches en las que mi intención es pararme de la cama y entregar a la pared eso que no me deja dormirme.
A veces, lo recuerdo en la mañana y digo que tengo que vencer el frío del cuarto. Aquí, la falta de humedad y el clima seco no me hacen sentir tan cómoda como con mi clima caribeño. O dejar la colcha preparada, porque sé que solo verla, es la llamada que necesito para tirarme al piso y subir mis piernas.
Extraño mucho hacerlo, y es que además da una paz que supera la que se pueda conseguir con otros hábitos, también buenos.
¡Feliz Semana!
Pili
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