La vida pasaba y era domingo
Un relato corto
Mientras escuchaba el sonido del motocross que montaba el chico por el canal que se podía ver desde la terraza de la casa, sintiendo en su cara el viento veraniego que transportaba dicho ruido y el fresco olor de los pastos de los alrededores, María se volvía una con sus pensamiento y sólo los colibríes que venían a tomar el néctar que les preparaba casi a diario, la hacían volver al pesente y sentir cierta gratitud por vivir en un sitio donde la naturaleza desplegaba su impresionante encanto.
Al márgen de eso, volvía a encontrarse sumida en la queja y desesperación de sentirse tan apartada del resto del mundo, de su mundo lleno de ruido y caos, pero al final, un mundo en su idioma, donde era alguien y era apreciada de muchas maneras.
—Solo le pido a Dios que aquí no me deje morir —se repetía en su cabeza la mayoría de los días que, como en ese domingo sentada en la terraza, sentía poderosamente la lejanía de su mundo.
Comenzó a ponerse nerviosa al ver que el chico que hacía el motocross al borde del canal le ponía más ímpetu, pensando lo peor, recordando la historia de cómo el dueño de la casa donde vivía, una tarde sentado en esa misma terraza vió caer al canal a un hombre que hacía lo mismo y fue corriendo a salvarlo.
—Ya está bueno por esta mañana, no creo que pueda hacer la misma hazaña que hizo el señor Johnson si ese chico se descarrila. Mejor me voy a repasar la dieta mediterránea que me puso esa doctora a la que fui el año pasado. La gringa que no sabía que los plátanos verdes se pueden comer hervidos y que son un bálsamo para el estómago. ¡Dios mío!
Dispuesta a mantener su estilo de vida saludable y bajar el peso del que todavía no se había podido deshacer desde principio de año, María localizó el folleto que explicaba muy bien en qué consistía esta dieta, la lista de alimentos que la conformaban, la cantidad de proteínas que contenían, ideas de desayuno, comida, cena y meriendas, y algunas recetas que le parecían muy ¨gringo oriented¨, como decía cuando algo no era de su mundo.
Organizó todo en su cabeza, era muy buena visualizando, empezó por un buen desayuno, como leyó, tres cucharadas de yogurt natural, cuyo sabor le recordaba al que hacía su mamá, al que agregó una cucharada de mermelada, sin azúcar añadida, de ¨blueberry¨y una tostada de pan integral. Luego reorganizó sus vitaminas y suplementos, fijándose bien en los que eran importantes para la caída del pelo, las vitaminas del grupo B y el Zinc.
—Mañana retomo mis caminatas, necesitaba descansar hoy, eso también ayuda a mi cuerpo a desinflamarse, hay que descansar —dijo en voz alta y siguió— también haré tres rutinas de peso, el lunes trabajaré piernas y espalda, el miércoles será brazos y core y el jueves cuerpo completo. ¡Siento que tengo la semana ganada!
El resto del domingo, fue bastante llevadero, sentía que estaba más que lista para empezar la semana. Haberla planeado le recordaba lo de los pequeños triunfos. Esas pequeñas cosas que se van logrando y detonan cambios generalizados, buenos, en tu vida.
El lunes en la tarde, se enteró de que el chico del motocross sucumbió a sus piruetas extremas y cayó al canal, con la suerte de que dos de los paramédicos que trabajan para la estación de bomberos que también podía verse desde la terraza, hacían su caminata de día libre y estuvieron ahí para socorrerlo.
Su mente volvió a recorrer esa mañana veraniega de domingo cuando, mientras la vida pasaba, la fuerte brisa le pegaba en su cara y le revolvía el pelo. También recordó al chico del motocross, que según escuchó seguía vivo y a los colibríes que venían de visita a tomar el néctar, y sintió que un sentimiento de gratitud invadía su alma.
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