Lo que se Pierde, Lo que se Gana
Encontrando el balance y la gratitud entre dos realidades
Hace casi veinte días que regresé de mi querida República Dominicana.
Ya se le fue a mi pelo la humedad que traje del Caribe. Y mi manicura, tan bien hecha, ya se ha desvanecido.
Al mismo tiempo rezo porque la pedicura me dure meses, no creo, pero igual tengo esperanza.
He descubierto que lo que estaba acabando con la textura de mi pelo y el color era el agua dura de Utah con una alta concentración de mineras como el calcio. Ahora me lavo el pelo con agua destilada y el cambio ha sido sorprendente.
Estos días me he encontrado mirando el calendario, buscando desesperadamente una fecha para volver a Santo Domingo, pronto, y aterrizar en mi adorada peluqueria a hacerme de todo.
A ponerme en manos de las mejores peluqueras del mundo. Que suerte tenemos las dominicanas.
Me hace tanta falta escuchar las conversaciones lejanas de las personas o que trabajan en el jardín o pasan caminando, tempranito en la mañana. Como las que escuchaba mientras me tomaba mi café en el balcón del sitio donde me quedé en Playa Bonita.
Sabía que iba a extrañar eso.
En mi casa de Kamas, no se escucha nada. Es un silencio tan grande que a veces tengo que abrir las ventanas, aunque esté nevando, para poder escuchar alguito.
Me encanta mi mundo caribeño, lleno de murmullos lejanos, conversaciones entre gente que no conoces y te sacan una sonrisa, humedad, calidez humana y atención.
En ese mundo soy alguien. Aquí no.
Pero aquí he encontrado cosas que no hay allá. Cosas que valen mucho, y mientras estoy en este mundo perdido, las aprovecho y las hago parte de mi estilo de vida sin tener que pedirle permiso a nadie.
Acabo de llegar de Saint George, una ciudad al suroeste de Utah, a cien millas de Las Vegas. Muy cerquita de Arizona, también.
Estuve cuatro días y la verdad es que me gustó lo que vi. Me sentí un poquito como me siento en Santo Domingo, pues la altitud es menor que en Kamas.
Descubrí un parque cerquita del hotel, al que podía llegar caminando. Con unos ¨trails¨ espectaculares para ciclistas y caminantes, con una señalización de primera. Bancos y mesas para merendar o descansar y baños muy bien cuidados.
En este viaje me di cuenta de las cosas a las que tengo acceso aquí y que me ayudan a mantener mi estilo de vida saludable. En este caso mis caminatas, seguras, sin peligro. Agradables, pues el clima seco ayuda mucho a caminar cómodamente y la temperatura también.
Cuanto disfruté mis caminatas. Cuanto contribuyeron a mantenerme activa físicamente, dándole al mismo tiempo novedad a mi cerebro. Descubriendo caminitos por aquí y por allá con unas vistas preciosas a las rocas rojas del Parque Nacional Zion.
Hoy estoy pensando tanto en mi amiga Gri, que cada vez que puede me recuerda que no podemos tenerlo todo. Y analizo mi escala de gratitud, recordando todo lo chulo que tengo aquí. El acceso a cosas que impactan mi salud grandemente y sin pedirle permiso a nadie.
¡Que tengas una linda semana!
Pili



