Tres Décadas de Vida: Reflexiones que Marcan el Camino
El domingo celebramos el cumpleaños número treinta de mi hijo mayor. Desde que empezó la semana estuve metida en una gran reflexión. Han pasado treinta años desde que nació mi hijo, yo tenía treinta y uno. He reflexionado en el gran cambio que se ha producido no solo en mi sino también en él. Juntos hemos crecido, sanado. A mí me costó casi sesenta años y a él casi treinta.
Mi proceso de sanación empezó un poco antes de cumplir los sesenta y, el hecho de haber emigrado fue, estoy casi segura, lo que me hizo tocar más fondo.
Llegué a ser una adulta bastante descontrolada, ahora mi sistema nervioso está en calma casi todo el tiempo, es cierto que me dan ataques de ansiedad, sin embargo tengo mecanismos para superarlos y no me dejo llevar de respuestas emocionales fuera de control.
He dejado de complacer a todo el mundo todo el tiempo. No digo que sí para que los otros se sientan bien, digo si o no dependendiendo de cómo eso me haga sentir a mi.
A los sesenta y uno me conozco tanto que miro hacia atrás y me doy cuenta lo perdida que estaba, lo narcisista que era y lo poco que conocía lo que pasaba en mi interior. Manejé una confunsión inmensa, no sabía explicar el por qué de mis emociones.
Hoy tengo muy claro lo de los límites y realmente he aprendido a hacer las paces con mi mente cuando las personas no entienden que hay que ponerlos. Así mismo respeto los límites de los demás, sobre todo los de mis hijos, importante.
Vivo una vida bastante sana, tengo rituales que son una extensión de mi bienestar integral. Ahora trabajo en todas sus dimensiones. La física, la espiritual, la cognitiva, la social, la ambiental y la emocional. Esto ha añadido a mi vida una salud integral sólida.
He aprendido a soltar muchas limitaciones, sobre todo, las que nos adornan por fuera. Por ejemplo, amo la simpleza de mi cara sin maquillaje y de ir en pantuflas al supermercado, claro, es más fácil en un sitio donde nadie te conoce.
En cuanto a mi hijo, a él solo le ha costado casi treinta años hacer su trabajo, a mí me costó el doble. Que feliz me siento por él, que treinta años más bien cumplidos. El también lleva ya un año y ocho meses limpio, sin consumir. Tiene su propósito de vida y pone valor en el mundo ayudando a otros a encontrar su camino. Con treinta años el ha aceptado mis traumas y cómo estos se ventilaban en mi manera de ser, una adulta descontrolada, reactiva emocionalmente. Que suertuda me siento cuando sus palabras resuenan en mis pensamientos: ¨Mami, no te cambiaría por nada en el mundo¨.
Quiero cerrar este post con una frase que leí el otro día, no recuerdo donde, y que me impactó mucho:
Nuestros hijos no se quieren como nosostros los queremos a ellos. Ellos se quieren como nosotros nos queremos a nosotros mismos.
¡Feliz Semana!



¡Excelente! Gracias Pili por compartir esta reflexión tan íntima. Abrazos.